De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la fertilidad del suelo se define como la capacidad de este para sostener el desarrollo de las plantas, aportándoles los nutrientes necesarios y ofreciendo condiciones químicas, físicas y biológicas adecuadas para su crecimiento.
Según la misma fuente, un suelo fértil se relaciona directamente con la mayoría de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, al incidir en dimensiones económicas, sociales y ambientales, pues esta es la base de la producción de alimentos, provee nutrientes necesarios para el crecimiento vegetal y, por ende, ayuda a obtener alimentos más saludables y nutritivos, indispensables para el bienestar humano.
Pues bien, existe una relación económica considerable ya que la fertilidad del suelo está vinculada a actividades productivas que contribuyen a la reducción de la pobreza en diferentes países. Finalmente, la FAO subraya que “una buena gestión de la fertilidad del suelo puede contribuir a reducir la contaminación del suelo, el agua y el aire, regular la disponibilidad de recursos hídricos, sustentar una comunidad biótica diversa y activa, aumentar la cobertura vegetal y lograr una huella de carbono neutra”.
Para contar con suelos fértiles se recomienda implementar prácticas como el aporte de materia orgánica (añadiendo compost, estiércol descompuesto o abonos verdes para nutrir el terreno) y evitar el laboreo excesivo, ya que al no voltear la tierra profundamente se protege la red de hongos y la estructura esponjosa que crean las lombrices y los microorganismos. Estas acciones se relacionan directamente con la presencia de insectos en el suelo, pues generan condiciones favorables de alimento y refugio para múltiples especies que participan en la descomposición de la materia orgánica, la aireación del suelo y el reciclaje de nutrientes. Así, los insectos se convierten en aliados clave para mantener la fertilidad y el equilibrio del suelo.
El informe Soil biodiversity: functions, threats and tools for policy makers (2010), elaborado para la Comisión Europea, destaca que la biodiversidad del suelo es fundamental para procesos como la descomposición y el ciclo de nutrientes, ya que los insectos y otros componentes de la macrofauna edáfica actúan como los reguladores mecánicos y biológicos del ecosistema subterráneo.
Su rol fundamental radica en que son los iniciadores del proceso de reciclaje de nutrientes mediante la fragmentación física de la materia orgánica fresca (hojarasca, ramas, residuos de cosecha). Sin esta intervención, los microorganismos (bacterias y hongos) no podrían colonizar ni degradar químicamente el material vegetal de manera eficiente.
Asimismo, “la actividad de excavación y desplazamiento de estos organismos modifica la estructura física del suelo. Se incrementa la red de poros, se rompe la compactación y se optimiza la aireación y la conductividad hídrica. Esto resulta en una mayor capacidad de infiltración y retención de agua, elementos indispensables para el desarrollo radicular de los cultivos”, aseguró Héctor Gregorio Mejía, investigador agrónomo del proyecto Monitoreo climático participativo.
Sin embargo, los insectos enfrentan diversas amenazas. Por ejemplo, la variabilidad climática extrema, como el fenómeno de El Niño, altera drásticamente la dinámica poblacional de la fauna del suelo debido al incremento de la temperatura y la reducción severa de la humedad.
En el libro Fundamentals of Soil Ecology (2017), se mencionan algunas de las consecuencias de estas variaciones:
- Mortalidad y diapausa: el estrés hídrico deshidrata los primeros centímetros del suelo, provocando caídas drásticas en las poblaciones de insectos benéficos o forzándolos a entrar en diapausa (un estado de inactividad metabólica).
- Migración vertical: para huir del calor intenso de la superficie, la macrofauna migra hacia horizontes más profundos del suelo. Esto detiene el reciclaje de nutrientes en la superficie, estancando la descomposición de la hojarasca y acumulando material seco combustible.
- Desequilibrios biológicos: la pérdida de insectos depredadores benéficos altera las cadenas tróficas, lo que puede provocar que ciertas larvas fitófagas (que se alimentan de raíces) se conviertan en plagas al buscar desesperadamente agua y alimento en el sistema radicular de las plantas.
Por eso, en el marco de las actividades del programa de Monitoreo Climático Participativo —el cual acompaña a familias de Santander en el monitoreo del clima para apoyar la toma de decisiones en predios dedicados al cultivo de cacao, café y tabaco, además de brindar acompañamiento agronómico para el manejo productivo y sostenible—, se realizan procesos de capacitación con las familias monitoras de los municipios de San Vicente de Chucurí, Betulia, Zapatoca y Girón, enfocados en el fortalecimiento de conocimientos alrededor de los insectos y la fertilidad.
De acuerdo con Héctor Gregorio Mejía, dentro de los procesos actuales de formación y ciencia ciudadana que promueve Fundación Natura e Isagen, el fortalecimiento en biología y ecología del suelo es un pilar estratégico. El objetivo es transitar de la visión agrícola tradicional que solía limitarse al control de plagas aéreas y a la aplicación de fertilizantes de síntesis hacia un enfoque de salud del suelo como sistema vivo.
“A los monitores comunitarios se les capacita en la identificación de macroorganismos benéficos y perjudiciales, permitiéndoles comprender que la biodiversidad subterránea es un indicador directo de la fertilidad y de la resiliencia de los sistemas productivos frente al cambio climático”, agregó Mejía.

Así, el equipo técnico del proyecto complementa sus procesos de fortalecimiento de capacidades compartiendo acciones concretas que pueden tomar los monitores para proteger los insectos y fortalecer la fertilidad del suelo.
Los monitores comunitarios pueden implementar y promover acciones agroecológicas directas en sus predios, como el establecimiento y conservación de coberturas nobles, fomentando el uso de vegetación vivas o el mantenimiento del mantillo (hojarasca). Esto funciona como un escudo térmico que amortigua las temperaturas extremas en el suelo y conserva la humedad necesaria para la supervivencia de la fauna.
Además, la reducción de agroquímicos de síntesis aplicados al suelo es clave para promover prácticas de manejo integrado que eviten las aplicaciones directas de insecticidas de amplio espectro, previniendo el «barrido» o eliminación de las poblaciones benéficas.
De esta forma, el proyecto de Monitoreo climático participativo no solo realiza acciones para el seguimiento y registro de variables como la temperatura, la humedad relativa y las precipitaciones, integrando esta información en la toma de decisiones productivas; sino que también sensibiliza a las familias de Santander sobre la importancia de la biodiversidad en los sistemas productivos de la región, especialmente sobre el rol de los insectos para la salud de sus cultivos.



