Cada año, familias de pequeños y medianos productores del departamento de Santander se enfrentan a un dilema histórico: ¿cómo proteger sus cultivos de las plagas sin utilizar químicos ni poner en riesgo su economía? Tradicionalmente, la expansión de la frontera agrícola pone a la fauna silvestre como una amenaza que afecta los cultivos y genera pérdidas. Pero ¿y si la solución no fuera combatir a la naturaleza, sino aliarse con ella?
La solución está en nuestro entorno. Según el Sistema de Información sobre Biodiversidad de Colombia (SiB Colombia), Santander es un paraíso para la avifauna, pues registra 963 especies de aves (de las 1,855 del país), incluyendo 109 migratorias y 28 endémicas. Estas cifras no solo convierten al departamento en un destino predilecto para el avistamiento de aves, sino también en el escenario perfecto para fortalecer la agricultura sostenible.
Alcanzar un equilibrio y contar con procesos sostenibles es clave para la economía del departamento. De acuerdo con Fedecacao, Santander es el pionero y mayor productor de cacao en Colombia, aportando cerca del 41% de la producción nacional.
Específicamente en la región de influencia del Embalse Topocoro, que abarca los municipios de Betulia, Girón, Zapatoca, San Vicente de Chucurí, Los Santos y Lebrija, y que produce el 80% del aguacate y el 30% de la mandarina del departamento, los productores están descubriendo que sus mejores aliados pueden ser pequeños bichos, o las aves que planean los cielos.
Un estudio de dos años liderado por ISAGEN y Fundación Natura en esta zona, demostró que mantener ecosistemas saludables para la biodiversidad es, ante todo, un negocio inteligente gracias a los servicios ecosistémicos como la polinización, la dispersión de semillas y el control natural de plagas.
La investigación, que se encuentra en la cartilla “Fauna y cultivos, interacciones y propuestas de manejo”, identificó una biodiversidad única donde destacan aves insectívoras clave que actúan como un sistema de control biológico gratuito para los agricultores: la reinita cielo azul (Setophaga cerulea), el carpintero bonito (Melanerpes pulcher), el atrapamoscas apical (Myiarchus apicalis) y el garrapatero (Milvago chimachima).
Junto a ellas, especies como el torito dorsiblanco (Capito hypoleucus) y la planchuda o trepatroncos (Dendroplex picus) lideran un ecosistema donde conviven más de 300 especies de aves y 50 de mamíferos.
Los monitoreos en las fincas santandereanas revelaron una efectividad asombrosa, pues estas aves controlan coleópteros y orugas con alta efectividad, mantienen a raya chinches y moscas, y consumen activamente la broca en los cultivos de café, especialmente en los predios cercanos a los bosques.
Pero, ¿cuál es el verdadero impacto? Los agricultores que cuentan con corredores biológicos reportaron una drástica reducción de plagas. Se calcula que mantener poblaciones estables de aves permite evitar entre dos y tres aplicaciones químicas al año durante dos momentos críticos:
- La migración boreal (octubre a abril): cuando miles de reinitas llegan desde el norte a reforzar a las poblaciones locales.
- Los picos de lluvias (marzo-mayo y septiembre-noviembre): cuando el aumento de insectos activa el apetito y la depredación de las aves.
De acuerdo con la cartilla Fauna y Cultivos, “cuando estos servicios naturales se pierden, el costo económico y ambiental para la agricultura es significativo debido a que se deben incorporar elementos externos (químicos) para mantener procesos como la fertilidad del suelo o el control de plagas”.
La receta santandereana son seis acciones que hacen que el sistema de autorregulación funcione. Por eso, se tienen en cuenta en predios que hacen parte del programa de Monitoreo Climático Participativo, iniciativa de ISAGEN y Fundación Natura. Se trata de prácticas que facilitan la permanencia de las aves en las fincas agroforestales de cacao, café y tabaco:
- Mantener el sombrío regulado en los cultivos de café y cacao.
- Establecer cercas vivas y corredores ecológicos para conectar los fragmentos de bosque.
- Conservar estrictamente las fuentes hídricas.
- Sembrar árboles frutales nativos que sirvan de alimento y refugio.
- Reducir drásticamente el uso de insecticidas de amplio espectro.
- Monitorear y registrar los avistamientos a través de aplicaciones de ciencia participativa.
Este cambio de visión y adopción de prácticas sostenibles que protegen la biodiversidad, fortalecen el acompañamiento técnico en sistemas agrícolas de las familias que monitorean el clima en los municipios de San Vicente de Chucurí, Betulia, Zapatoca y Girón.
Hoy, las aves ya no son vistas como visitantes casuales o amenazas para las cosechas, sino como aliadas estratégicas indispensables. Incorporar el control biológico en los planes de manejo y transferir este conocimiento a los programas de extensión rural no es solo una apuesta por la conservación; es la garantía de que Santander seguirá siendo una potencia agrícola, competitiva y en equilibrio con la naturaleza.



